8 de julio de 2014

La construcción



Antes de marchar el equipo de Brasil rumbo al estadio....
Amó aquella vez como si fuese última
besó a su mujer como si fuese última
y a cada hijo suyo cual si fuese el único
y atravesó la calle con su paso tímido

...pero Alemania
subió a la construcción como si fuese máquina
alzó en el balcón cuatro paredes sólidas
ladrillo con ladrillo en un diseño mágico

...por eso Brasil
sus ojos embotados de cemento y lágrimas
sentóse a descansar como si fuese sábado

...así que Alemania
comió su pan con queso cual si fuese un príncipe
bebió y sollozó como si fuese un náufrago
danzó y se rió como si oyese música

...entonces Brasil
tropezó en el cielo con su paso alcohólico
y flotó por el aire cual si fuese un pájaro
y terminó en el suelo como un bulto fláccido
y agonizó en el medio del paseo público
murió a contramano entorpeciendo el tránsito

...después Alemania
amó aquella vez como si fuese el último
besó a su mujer como si fuese única
y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo

...mientras Brasil
atravesó la calle con su paso alcohólico
subió a la construcción como si fuese sólida
alzó en el balcón cuatro paredes mágicas
ladrillo con ladrillo en un diseño lógico
sus ojos embotados de cemento y tránsito

...y luego Alemania
sentóse a descansar como si fuese un príncipe
comió su pan con queso cual si fuese el máximo
bebió y sollozó como si fuese máquina
danzó y se rió como si fuese el próximo
y tropezó en el cielo cual si oyese música
y flotó por el aire cual si fuese sábado

...porque Brasil
terminó en el suelo como un bulto tímido
agonizó en el medio del paseo náufrago
murió a contramano entorpeciendo el público

… de nuevo Alemania
amó aquella vez como si fuese máquina
besó a su mujer como si fuese lógico
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas
sentóse a descansar como si fuese un pájaro
y flotó en el aire cual si fuese un príncipe

...y al final, Brasil

terminó en el suelo como un bulto alcohólico
murió a contromano entorpeciendo el sábado

6 de julio de 2014

Este lunes, sin derecho de admisión

Aquí, los compañeros de El Solar de las Artes nos invitan a charlar y yo los invito a que me acompañen. 
¿La idea? Nos dicen los organizadores que es "Un ciclo de entrevistas con público, organizado por SADOP con la intención de debatir sobre el rol de los Medios de Comunicación. En esta estación junto a Daniel Dusex, estará invitado Claudio "turco" Cherep, compartiendo su trayectoria periodística, su vínculo con el campo de la cultura y su opinión sobre la realidad de los Medios santafesinos. 
Un referente local del compromiso con la verdad y la búsqueda de sentidos. Anécdotas, opiniones, emociones...un momento cálido de análisis y reflexión". Nos vemos ahí, nos tomamos un trago, como para calmar la ansiedad a la espera de las semifinales. (Con la foto que ilustra el post no me han favorecido. Pero admito que es lo que hay).



5 de julio de 2014

Saber que se puede

Recuperado Higuaín, consolidado el fondo y con una fisonomía de equipo más solida, Argentina consiguió el pase a semifinales; pero también el derecho a soñar con lo más preciado.


Sabella, el tipo más sospechado del país, empieza a demostrar que es inocente en la mayoría de las acusaciones a las que se lo somete. Declaran a su favor Pipita Higuaín, Demichelis, Biglia, Rojo y hasta Basanta o Enzo Pérez. Sabella, el que tiene 40 millones de competidores en el cargo, empieza a darle una fisonomía de equipo a esta selección en el momento en que más lo necesita. Sabella, el que supo cambiar a tiempo, encara ahora los dos encuentros que podrían ponerlo a las puertas de la gloria que ya acarició cuando fue campeón del mundo en México 86.

Ahora, ¿porqué hablar de Sabella y no del equipo? Porque justamente el equipo como tal tuvo respuestas colectivas que se llaman sistema de juego y en eso, el responsable es Sabella. Pero además, porque es un acto de estricta justicia por cómo lo castigaron con disparates tales como que "solo lleva jugadores de Estudiantes" -entre los más leves- o "le arma el equipo Máximo Kirchner", entre los dislates mayores. Tras las aclaraciones, vale el análisis del partido que pone a Argentina en semifinales por primera vez en 24 años.

Se especulaba con que Bélgica fuera el primer rival con otras aspiraciones y que esto pudiera favorecer el juego argentino. En verdad, no lo sabemos, porqué lo que obligó a salir a Bélgica fue el gol argentino. Antes, los diables rouges demostraron que no pensaban en tener la iniciativa. Después demostraron que las ideas que los tuvieron casi 20 fechas invicto, se desvanecían al calor del planteo de Argentina, el compromiso para llevarlo a cabo y la amenaza permanente que significa la atención que hay que prestarle siempre a Messi, aún cuando no haya sido el mejor partido de Lío.

A propósito de esto, el equipo dio otra muestra de espíritu colectivo. Demostró que es capaz de jugar sin la mejor versión de Lío y sin Di María. El recuerdo vale para quienes hace tres días, ante Suiza, dijeron que sin ellos esta formación no podía cruzar la calle sola. Como botón de muestra de la solidaridad expresada vale resaltar a Lavezzi, más lejos del arco rival, más cerca del overol, bien jugado por la causa, sacrificado en pos de un objetivo mayor antes que del lucimiento personal. Y de seguro mal calificado por los opinadores profesionales de las redes sociales.

Hoy no se hablará demasiado del "primer pase", ese que necesita Messi según los expertos. Tampoco se dirá mucho de "la lectura conceptual del partido", acaso porque los partidos no se leen, sino que se juegan. Quizás no se oiga sobre "atacar los espacios", porque Higuaín abrió su boca de gol para tapar todas las otras. De seguro que no se hablará del "juego aéreo" porque Garay y Demichelis ganaron siempre cuando los belgas lo adoptaron como única vía. Como canta Marziali, "palabras pa'explicar un fato que pal'vulgo no precisa explicación". 

La idea que quedó flotando es que se puede. Que el Mundial no tiene cucos y que Argentina tiene argumentos para estar donde llegó, tanto como para subir los dos peldaños que faltan. La ventaja es que las respuestas que el equipo fue dando hacia afuera, también se las dio hacia adentro, para disipar todas las dudas. La solidez, muchas veces es hija de la tranquilidad. La que transmite Sabella a pesar de los profetas del odio. La que buscarán conjugar con la felicidad perpetua dentro de muy poco. 

4 de julio de 2014

Decime qué se siente, tener en casa a tu papá

Cuando mañana la Selección Argentina juegue con Bélgica jugará en el estadio “Mané Garrincha” de Brasilia. De él algo sabemos. De Ulf, su hijo sueco que no llegó a conocer, quizás no tanto.



Hija, perdóname los sueños que me ausentan siempre,
que me llevan lejos, que abaten mi frente, que me vuelven viejo.
Hija, la vida era en serio, yo tengo la culpa por ser tan ingenuo,
creo en el amor y por él te tengo.
Hija, en un día de estos, te dirán algunos que he perdido el tiempo,
que he sido un iluso, ríete de ellos.
Rafael Amor

Siempre hace frío en Suecia, pero esta primavera de mayo es especialmente gélida. En Estocolmo y en pueblos más árticos, como este de Umea, donde el plantel de Botafogo aguarda concentrado para jugar un amistoso, el sol se pone muy tarde. Es 1959, de modo que en el país nórdico todavía resuenan los ecos del triunfo de Brasil, en la Copa del Mundo jugada allí el año anterior. La Universidad, que aún no ha cumplido una década, ha hecho al poblado muy cosmopolita para la época. Las mujeres, crisol de razas entre vikingos, invasores rusos y aventureros de toda laya, son bellas y liberales.

Los jugadores de Botafogo se aburren en el hotel pero entre ellos uno se aburre más. Pájaro al viento, enemigo del encierro, Manoel Dos Santos “Garrincha”, ha planificado una fuga nocturna. Joao Saldanha, el entrenador del equipo, no durmió al comprobar la ausencia de la joya de su equipo. El “Mané” tampoco. Caminó a la vera del río Ume, al que el sol tenue de la estación primaveral le había quitado su capa de hielo. Buscó tabernas para beber el licor que lo hacía jugar como ninguno. Así como lo perdían sus marcadores, ahora él se perdió. O se quiso perder.

El frío y la noche son un cóctel para enamorarse. O para ejercer el derecho al amor. Garrincha sabe unas pocas cosas. Sabe coser y sabe beber porque lo aprendió de niño. Y sabe amar. No conoce las calles ni lee ni escribe demasiado. De no ser porque se encontró con Bloon, quizás no hubiera podido regresar a tiempo para el partido del día siguiente. Bloon, en sueco, quiere decir flor. Y se sabe que a los pájaros libres les gusta posarse sobre las flores. Bloon entrometió entre sus cobijas al puntero derecho que jugaba bailando. Los biógrafos morbosos dicen que lo hizo a sus 19 años, en su propia casa, mientras sus padres miraban TV.


Hay un hombre de ojos negros y mirada melancólica que vende panchos en una plaza de Halmstad. Contrasta con los ojos azules y los cabellos rubios de los que pasean sin prisa y con placidez. Tiene labios carnosos y una nariz semiñata que no se condice con los de las mayorías. Ha nacido en el verano de 1960 y también sabe unas pocas cosas. No conoce a su padre ni a su madre biológicos, no sabe que ha de tener al menos una veintena de hermanos ni porqué una maldita enfermedad ósea le impidió hacer lo que más hubiera querido en la vida: jugar al fútbol. Lo que sí sabe, desde los 8 años -y han pasado ya 46- es que su padre es Garrincha.

El muchacho al que las canas le siguen perdonando el tiempo es Ulf Lindberg Henrik, el hijo de la flor y el pájaro, el fruto de aquel amor efímero como la gloria y la fortuna de su padre. Ulf fue criado en adopción por una familia de clase media. Bloon, que se ganaba la vida como camarera no tenía cómo alimentarlo. Cuando Ulf se enteró quién era su papá biológico, allá por 1967, el “Mané” iniciaba su declive futbolístico e iría a pasar buen tiempo sin conocer los resultados de aquella aventura sueca. De los cuatro hijos que tuvo el vendedor ambulante Ulf apenas uno heredó condiciones para jugar al fútbol. Pero su calidad no se le parece a la del abuelo.

Hay varios ADN que demuestran la paternidad de Garrincha. El mismo astro, enterado muchos años después de la existencia de Ulf, pudo conseguir una foto que lo sorprendió por su parecido físico. Alguna vez el destino pudo cruzarlos. Argentina iba a estar en el medio porque el encuentro debía ser durante el Mundial 78, cuando el alma de wing pensaba comentar el mundial de nuestro país para la televisión brasileña. Pero como para los entrenamientos, Garrincha era remolón y eligió algunos bares antes que cumplir con la formalidad. Ulf no pudo viajar y después su padre murió del modo que todos sabemos que murió.


En el Aeropuerto de Galeao, ahí en los suburbios de Río de Janeiro, un hombre que no se parece a ningún turista baja de un avión de una compañía sueca. Tiene 45 años y lo acompaña el pibe que quiere ser jugador como el abuelo. Hace un calor que jamás haría en Umea y lo esperan las señoras Rosangela y Marcia. Ellas tuvieron mejor suerte. Son parte de la prole de 14 hijos reconocidos por Mané y están allí para recibir a su medio hermano. Es el 2005 y han planeado ir juntos a la tumba de Garrincha, al museo que lo recuerda y a las playas de Copacabana, donde el más grande gambeteador de la historia amó a otras tres esposas y una treintena de amantes.

Ulf Lindberg se siente extraño y querido. Es el único varón que sobrevive de los tres que alumbraron las mujeres del campeón mundial. Garrinchinha y Nenem han muerto trágicamente en sendos accidentes de tránsito. Dice que pese a que hace mucho que sabe lo que no muchos saben, recién ahora se considera psicológicamente capaz de afrontar su pasado. Lloriquea abrazado a su hijo Martín y a las desconocidas que empiezan a conocerlo. Cuando el fin de semana, los Dos Santos organicen una comida que juntará a toda la descendencia, Ulf llorará mucho más y se codeará por primera vez con su verdadera identidad.

Ulf le cuenta a sus hermanas que él también tiene las piernas arqueadas. No se casó tres veces sino una. No anotó catorce hijos sino cuatro. Igualmente, para él la vida no ha sido nada fácil. En Maracaná se planta frente al busto de su viejo y en Pao Grande, el poblado de los suburbios donde nació el bautizado Manoel, aprende que Garrincha es más querido que Pelé. En la tumba de papá Ulf sabe que está ante el momento más difícil de su vida. Lo persigue una cámara que está filmando un documental sobre “el ángel de las piernas torcidas”, pero más lo persigue, aunque no conozca el tango, el pasado que vuelve a enfrentarse con su vida.


Según la revista de ESPN en Brasil, poco antes de morir el Mané concedió una entrevista en la que admitió haber tenido a Ulf, de quien conoció su nombre mucho después. La nota trascendió hace un par de años y los editores declararon que fue chequeada debidamente. Allí Garrincha no solo reconoce su paternidad, sino que dice saber que el joven juega al fútbol en Suecia y hasta se muestra complacido de que alguien lo suceda. Quizás sabe que va morir con la certeza con que desbordaba en la cancha y en las copas.

En el cementerio, Ulf -que no habla portugués- pregunta por esa placa en esa tumba casi olvidada y le dicen que dice “Aquí descansa en paz aquel que fue la alegría del pueblo”. La mirada se le humedece y lo lleva de nuevo a las calles ateridas de Umea, al orfanato en el que estuvo hasta que fue rescatado por la familia que lo crió, a la pobreza y al olvido. Abrazado a sus hermanas les dice que conocerlas fue lo mejor que le pasó en la vida. Ahora Garrincha hijo puede decir que no solo lo une a su padre un parecido físico asombroso. Ahora puede decir que él también se siente Campeón del Mundo.

*La obra que ilustra el texto es de la artista Maribel Piñera Seco
*La fuente principal de este trabajo es el documental de ESPN para Brasil
*Otras fuentes: biografía del “Angel de las piernas torcidas”, de Ruy Castro

3 de julio de 2014

El odio

Este texto fue escrito para radio hace 14 años y publicado luego en mi libro Gajos del Oficio. Lamentablemente, las últimas noticias desde el Oriente Medio lo tienen vigente. 



En la ciudad vieja de Jerusalem conviven cuatro religiones irreconciliables. Geográficamente bien cerca de la vida y de la muerte se encuentran el Muro de los Lamentos, la Mezquita de Omar y el Santo Sepulcro. A un costado, menos opulentos, los armenios no han dejado de llorar en silencio desde el epílogo de la segunda Guerra Mundial.

La mujer que logre reunir los atributos de la ciudad vieja de Jerusalem será la mujer perfecta y, como consecuencia de ello, irresistible. Allí se combinan en dosis precisas la sabiduría, la mística y la belleza. Y allí -condición que cualquier mujer sabrá envidiar- jamás transcurre el tiempo.
Hay muchos turistas de miradas que, por abarcadoras, se parecen a tontas. Hay también muchos hombres de miradas duras y mujeres de miradas gachas. Y, felizmente, hay niños.

Morochito, de mirada penetrante, con los pantalones largos arremangados hasta los tobillos, con una camisa blanca que sobra por todos lados en ese cuerpito de extremidades bien marcadas, alto para sus once años, Amín, pequeño palestino, baja presto las escalerillas de su casa con una pelota más gorda que sus brazos.
Con las piernas cruzadas en cuatro y la mano apoyada en la pared donde no existe el timbre, la piel blanca y los ojos azules de Samuel esperan el partido inminente. Como si fuera un pañuelo, el taled de Samuel sobresale del bolsillo de su camisa oscura.

Se saludan y echan a andar. No se detienen en el paisaje de casas de piedras porque viven allí. (Por curioso que resulte uno nunca se detiene a ver el paisaje que habita y suelen venir otros a descubrirlo). Caminan. Deben hablar temas de chicos. El piso también es pedregoso y acaso se apresten a jugar con pantalones largos para no percudir las rodillitas flacas. Se acompañan ahora sin conversar. Se detienen en un claro, uno de esos lugares donde los turistas no son un producto contaminante.

Con mirada cómplice, Amín deja caer la pelota y se inicia un partido; uno de esos partidos sin tiempo que solo se juegan en la infancia. Por primera vez se ríen. Descubren sus torpezas y carcajean más.
Un umbral que conduce a una casa misteriosamente sin ventilación es un arco.
Los bombazos, en el idioma de Amín y Samuel, son remates un poco más fuerte de lo que su edad podría permitir.

Los disparos, en la lengua de los chiquitos que solo quieren jugar, no son otros que chutazos de zurda o de derecha. La muerte es apenas el final del partido. ¿Posiciones adelantadas? No existen. Los tiros de esquina jamás provienen de modernos rifles kalashnikov. Tampoco la cancha está limitada para que nos malvivan de un lado y otros de otro. La cancha, cuado es en la calle, es una comarca que no se acaba en tanto haya lugares disponibles.

La cancha no es propiedad privada sino un campo para ser disfrutado por los cualquiera de cualquier parte del mundo. Y hay goles. En lenguaje ecuménico gol se dice gol. Y más risas. Y un abrazo sabio, sentido, igualador, a la usanza de los delanteros sudamericanos que triunfan en Europa y que en el ardiente oriente medio también se ven por las cadenas de televisión internacionales.
Pueden haber pasado minutos; acaso horas.


Amín y Samuel salen, corretean por las callecitas angostas, sudados, irresponsables, pateando una pelota redondamente universal rumbo a la vida; juntos. A unos pocos metros de allí, los padres de Amín y Samuel salen, corretean por la callecitas angostas, sudados, irresponsables, pateándose la cabeza como si fuera una pelota universal rumbo a la muerte; separados.  

2 de julio de 2014

Bélgica y su jugador más jugado

La historia de Jean-Marc Bosman, aquel belga que puso contra las cuerdas a todo el sistema del fútbol europeo, ha caído injustamente en el olvido. Aquí, vamos al rescate, para que la recuerdan los canosos y la conozca el piberío.  


Esas manos que tuvieron tomados del cuello a los dirigentes burócratas, las mismas que manejaron un Porsche o recorrieron siluetas de mujeres bellas, ahora empuñan copas cargadas de un alcohol berreta que suele atemperar una condena perpetua: la de haberse alzado contra la poderosa UEFA y haber puesto del revés a todo el fútbol europeo. Son las manos de Jean-Marc Bosman, el futbolista belga que resignó su carrera profesional a cambio de los derechos de sus colegas de todo el viejo continente.

Era 1990 y a sus 25 años, Jean-Marc jugaba en la primera división del Real Fútbol Club de Lieja. Hacía poco que el mundo ya no era el mismo. Había caído el muro de Berlín y la muerte de las ideologías, con apologistas como Fukuyama y teóricos pagados por las principales escuelas norteamericanas del pensamiento neoliberal, se sembraban por todo el planeta. Nacía una presunta nueva Europa que se propagandizaba como sin fronteras para todos menos algunos. Entre esos algunos estaban los futbolistas profesionales.

Bosman jugaba como volante ofensivo. Para los “diablos rojos”, tal como llaman al club de Lieja, era una promesa que no había concretado todo lo que se esperaba de él a la hora de la consolidación. Había sido una referencia en inferiores y hasta había integrado algunas selecciones nacionales en categorías menores. Cuando quiso renovar su contrato le negaron lo que pretendía ganar. Entonces decidió emigrar y logró un acuerdo con un club menor del fútbol francés: la Unión Sportive Dunkerque.

Lo que en principio sería una posibilidad de crecimiento profesional y económico para Jean-Marc se frustró en los escritorios. Los dirigentes de los clubes no acordaron el pase y, como se dice de este lado del océano, lo colgaron. Entonces el jugador presentó una demanda contra el RC Lieja, contra la Federación Belga de Fútbol y contra la mismísima UEFA, aduciendo que las normas de esas instituciones le habían impedido trabajar en otro país, algo que contrariaba cualquier ley por encima de las del fútbol.

El jugador debió esperar cinco años para que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, desde Luxemburo, le diera la razón. Los togados declararon ilegales las indemnizaciones por traspaso de futbolistas y los cupos de extranjeros para jugadores nacionales de estados miembros de la Unión Europea. Contrariamente a lo que podía suponerse, ese 15 de diciembre de 1995 se decretó el ocaso de la carrera del jugador que ya no volvería a ser contratado por ningún club, no solo de Bélgica, sino de todo el viejo continente.

El fútbol europeo cambió para siempre y la vida de Bosman también. Los equipos se convirtieron en verdaderas Torres de Babel y en los países emergentes, muchos obtuvieron la doble ciudadanía para poder jugar en la meca llamada Europa. Pero corporativamente no hubo ningún Sargento Cruz para ese Martín Fierro que debió dejar su carrera, se deprimió, se recluyó y perdió todo el dinero que había obtenido en los 6 años en los que pudo desempeñarse como un futbolista profesional, bajo las reglas del sistema.

Bosman se ganaba la vida en equipos de aficionados donde ya no le pagaban en moneda belga sino en la nueva moneda que quería dominar el mundo: el euro. Claro que los 400 o 500 que ganaba no le alcanzaban y tuvo que vender todo lo que tenía. También rompió su matrimonio y cayó en el alcoholismo, además de haber sido denunciado por ejercer violencia de género. Ahora mismo, si quiere dar una entrevista tiene que pedir autorización a la justicia y estuvo a punto se ser encarcelado tras la denuncia de su ex esposa.

Jean-Marc ha trabajado como bombero y como canchero de un estadio comunal. Un sindicato de jugadores está pensando en un encuentro a beneficio para ayudarlo, mientras sobrevive de la asistencia del estado. Mientras tanto, la selección de Bélgica, con la que Argentina jugará la chance de ir a semifinales el sábado, está integrada en buena parte por jugadores extranjeros que pudieron llegar a desarrollarse en ese país, gracias a que hace 24 años este señor pateó el hormiguero de la UEFA para que, en el mismo momento en que se alumbraba su ruina, el mundo conociera una nueva regla que lleva su nombre: la ley Bosman.

1 de julio de 2014

El potrero le ganó a la táctica

Di María, el producto del fútbol del barrio, burló el aceitado mecanismo defensivo suizo. Fue tarde, pero justo. Al que madruga lo ayudará Dios, pero los que llegan al final, al menos lo tienen al Papa.



Resenbrik se llamaba el holandés que metió el tiro en el palo en el último minuto de la final del 78. Como Romero hoy, Fillol estaba vencido. Como Argentina hoy, aquel equipo había hecho méritos para ganar y por un extraño designio la pelota no entró. Aquella vez, si perdíamos nos quedábamos sin el título. Ahora, si perdíamos nos quedábamos afuera y en la antesala de una cantinela de palos a este equipo de parte de los que siguen ahí, agazapados.

Para quienes suponían un partido sencillo, otra vez no lo fue. Y tampoco le resultó fácil a los otros favoritos: Brasil, Holanda, Alemania y Francia. Pero vale marcar aquí una diferencia. Ninguno de los rivales de los cuatro países mencionados fue tan mezquino como Suiza. Dirán que Argentina no encontró variantes para vulnerarlo. Pues yo no creo que sea tan así. Cuando uno no quiere, dos no pueden. Y el conjunto de Sabella intentó de varios modos.

Abrir el cerrojo requiere -siempre en los papeles previos- de algunas opciones posibles. Intentarlo desde afuera del área, algo que Argentina hizo sin precisión (Gago) y con mérito del arquero adversario (Di María). También se puede subir gente desde el medio o el fondo para forzar la superioridad numérica, algo que también Argentina intentó, sin la justeza debida en los últimos metros, donde Rojo y Zabaleta no se mostraron finos.

Una tercera opción es encarar mano a mano. Y también se intentó, con Messi o con Di María. Que la posibilidad de ganar llegara más tarde de lo que todos deseábamos, mucho tuvo que ver con la idea suiza de defenderse de modo imperturbable. Cuando las piernas dejaron de responder, aparecieron los espacios y el triunfo. Que haya sucedido sobre el epílogo es circunstancial. Donde otros ven un defecto, desde aquí vemos una virtud: la paciencia.

Argentina dispuso de terreno y pelota durante 100 de los 120 minutos. No es humanamente posible ser certeros todo el tiempo. En la circulación del balón, el equipo creció. En la culminación de la jugada, acaso haya que esperar la mejoría de un Higuaín desconocido. Mientras tanto, volvió a alcanzar ante un equipo que tiene a la mayoría de sus jugadores en importantes ligas de Europa y que demostró, como muchos en este Mundial, que no se puede subestimar.

¿Eso quiere decir que Argentina jugó fenómeno? Para nada. Simplemente que en estas instancias, el juego requiere de un análisis que involucre factores varios a saber: el juego mismo, el físico, la fortaleza mental o la personalidad son factores influyentes. En la conjunción de estos elementos, el cuadro de Sabella volvió a aprobar. Lucir quedará para cuando haya rivales que también se comprometan con el espectáculo.

Mientras tanto, estar entre los ocho mejores por derecho bien adquirido deberá considerarse en la dimensión merecida. Los partidos se presentan muy parejos y muchas veces, abrirlos, no depende de movimientos tácticos sino de gambeta y atrevimiento para encarar en el mano a mano. Felizmente, en Argentina todavía hay memoria genética del barro y el empedrado. En Suiza, tanto orden, a veces puede ser una debilidad.