18 de junio de 2014

Lo que el Zabeca le dijo a Camus

Ayer jugó Argelia, que a juzgar por lo que tiene no va llegar lejos en el Mundial. Aquí le dejamos un tributo a uno de sus mejores hombres, para mitigar tan poca capacidad de juego.



Esta que te voy a contar no me la vas a poder creer. En Italia fue. Te lo juro. Mundial del '34. Cómo pasa el tiempo, la puta madre. El Zabeca y yo estábamos. Y dos porteños y un tucumano que la movían más o menos. Pero el Zabeca y yo habíamos ido juntos. Mochileros a Europa, esas cosas de los 25 años. Y a ver el Mundial, claro. En barco fuimos. El mismo barco en el que viajaron los jugadores argentinos. Avión en esa época era palabra mayor. Capaz que si iban los profesionales, algún vuelo conseguían. Nomás que viajaron todos muchachos del interior, solo para cumplir. Igual, ahí había cada nene. Estaban Wilde, Galateo y Astudillo, nada menos. Eran pibes de la edad nuestra. Hacían chistes de marineros y esas boludeces. Que los iban a agarrar de cocineros, que no fueran solos a la bodega. Tres semanas duró el viaje para jugar un solo partido y chau. Por eso con el Zabeca nos quedamos. Ya que los suecos nos pegaron un paseo nosotros nos quedamos a pasear por Italia. El Zabeca hablaba como el orto el italiano. El español también. Así que imagináte el italiano. Y yo nada. Ni una palabra. “Piazza San Marco”, leía en los cartelitos. Y yo pensaba que era una pizzería. “Duomo de Florencia”, me decían. Y yo pensaba que era un mina que tenía un lomazo. En mi barrio nos habían dicho que íbamos a entender por fonética. Las pelotas. El Zabeca separaba en sílabas las palabras y levantaba la voz. Pedía un cortado y decía “un-cor-ta-do-por-fa-vor”. Además exageraba la gesticulación dejando la sensación de que la boca se le podía salir en cualquier momento. Con un poco de suerte, a veces arrancaba una sonrisa. Los tanos son calentones. La mayoría de las veces pensaban que los estaba cargando y le decían -esto sí se entendía clarito- “¡figlio di puttana!”. “Es una barrera tremenda la lengua”, se sinceraba el Zabeca cuando la noche y la cerveza le ponían la cabeza en el origen.
Ahora, ¿no me digas que el fútbol no es un idioma universal? Cuatro horas caminamos con el Zabeca sin que nadie nos dirigiera la palabra. Ni los vendedores ambulantes nos daban la hora. Nos veían con pinta de secos o no se querían gastar en comprendernos. Le tiramos monedas a la Fontana di Trevi y nos colamos en el Coliseo. Que se yo. La costumbre. Siempre nos colábamos en la cancha, mirá si no nos íbamos a colar ahí, donde no se jugaban más partidos con leones. “Si nos preguntan algo vos hacéte el boludo como si no entendés”, me dijo el Zabeca. No necesitaba hacerme el boludo. No entendía. Después caminamos más allá, hacia el trastébere. Cruzamos el hilo de agua por un puente donde se notaba claramente la mano romana hasta meternos en andurriales que se emparentaban un poco con los nuestros. Ahí fue que encontramos a los dos porteños y al tucumano. No me vas a creer. Seguro que no me vas a creer. Llevábamos bolsos de mano de tela de carpa. El cielo estaba amenazante y cuando se mojaban pesaban el doble. Cargábamos con el cansancio del día y el fastidio de la eliminación del mundial. Uno le pidió un cigarrillo al Zabeca. “Un pucho”, le dijo. Argentinos. Nadie más que nosotros dice “un pucho”. Teníamos tanta necesidad de comunicarnos que empezamos a charlar cualquier pelotudez. Fantaseábamos con que las tanas nos miraban. Pateábamos tapitas. Pocas tapitas. Porque ahí nadie tira nada al piso, como dice mi tía. Los porteños y el tucumano también estaban gitaneando el viejo mundo. Se lo querían comer, como nosotros. Bordeamos un lago que tenía una fuente artificial y el tucumano los vio primero. Había cinco tipos como nosotros jugando un picado. Te dije que no me ibas a creer. Un picado como los nuestros pero en una plaza de Roma. Estaban vestidos casi ridículamente, con pilcha de universitarios. Nos miramos y no hizo falta que dijéramos nada. Se armó un desafío. Los europeos eran como uno de esos equipos que llamaban “Resto del Mundo”. Había de varias nacionalidades, algunas un poco imprecisas. Pero lo que es seguro es que el arquero hablaba en francés. El Zabeca armó el arco nuestro. Con un bolso hizo un palo y con un jumper que nunca usó porque hacía calor hizo el otro. Midió a ojo y trató de que fuera más chico que el que había armado el franchute, con dos pilas de libros, a unos 30 metros del otro lado. Cagate de risa pero el tipo hizo el arco con dos pilas de libros. Nosotros estábamos acostumbrados a jugar en la calle, en el empredrado, de modo que el césped que había nos parecía suficiente. El parque no tenía árboles en el medio, como el que teníamos cerca de mi casa. El tucumano fue al arco y yo me planté atrás. Los dos porteños fueron al medio y el Zabeca, que jugaba bien, se paró arriba. No sé si para impresionarlos o por la costumbre, el Zabeca se quedó en patas. Así y todo, no habrán ido dos minutos cuando bajó a buscarla unos metros, se sacó de encima un grandote con aspecto de alemán y le clavó un bombazo que desparramó los libros del palo derecho y, ya hecho gol, cayó al lago que había detrás del arco. El Zabeca les gritó el gol en la cara con cierta desmesura para lo que era un amistoso en un parque de Roma. El franchute frunció el ceño y dejó entrever cierta molestia. Tenía la frente despejada y se le pronunciaron unas grietas de tipo de más edad que la que aparentaba. Bajó la mirada y no dijo nada, pero quedó caliente. Después nos metieron dos pepas pero las aguas no estaban calmas. A la jugada siguiente el Zabeca le echó tierra en los ojos al franchute cuando salió a buscar un centro y se pudrió todo. El tipo dejó la pose mansa y, de callado nomás, le metió un cabezazo en la pera al Zabeca, que no llegó a explicarle que en Argentina eso valía, que así había sido la jugada previa al gol de Onzari, que dio nacimiento al gol Olímpico. Los demás intentamos separar pero ya era tarde. “¡Tregua civil!” decía el golero con ínfulas de boxeador, pero seguía tirando trompadas. El Zabeca se repuso y alcanzó a meter una mano discreta. “Te voy a dar el derecho y el revés”, insistía enajenado el franchute. No había manera. “Sos una peste”, replicó el guardameta. “¿Y vos? ¡Porcona!”, le hundió la daga el Zabeca que algún insulto en italiano manejaba. Hasta que por ahí uno del equipo de ellos que quería seguir el partido lo agarró del cogote al francés al tiempo que le gritaba “Albert, anarquista de mierda te voy a hacer pelota sino nos dejás seguir jugando”. Pero el franchute no se amilanó y le retrucó “Vos Sartre te podés ir bien a la concha de tu madre”. Entonces ahí el Zabeca se dio cuenta con qué rivales estábamos pateando. Porque el Zabeca no habrá terminado quinto pero es muy lector. El Zabeca no tuvo suerte pero es autodidácta. Por eso agarró la pelota, se corrió levemente a un costado y mirándolo a Camus, el arquero, le soltó una frase que quizás marcó a fuego su obra posterior vinculada a la conciencia del absurdo: - ¡Argelino sometidoooo! -lo laceró el Zabeca con toda su sabiduría de la calle. Después no recuerdo demasiado, porque llegaron los carabinieris y empezaron a repartir zurrazos por todos lados. Y ojo que no eran cualquier carabinieris. Eran los de Mussolini, que se habían contagiado los malos modos de su jefe, así que la ligamos, como se dice acá, por el campeonato del mundo. Lo único que me quedó en claro es que, por más voluntad que uno le ponga, suele ser bastante difícil comunicarse en el extranjero.




17 de junio de 2014

Brasil 1950. Echále la culpa a Perón

Fue el Mundial que parió la palabra que 64 años después sigue hiriendo al fútbol brasileño: “maracanazo”. Argentina desertó y los contreras le siguen echando la culpa a ese varón argentino.


Es un clásico del relato uruguayo. Maracaná es un infierno encantador porque Brasil, el país organizador, está obteniendo la Copa del Mundo que había organizado. Los jugadores vestidos de celeste están desconcertados. Todos menos uno: Jacinto Obdulio Varela. El centrojás oriental toma la pelota entre sus manos y discute con el juez del partido. Demora. Espera que la masa se derrita al calor de la victoria parcial y deje de gritar. Con eso alcanza. Un rato después, el Ñato Ghiggia y el Pepe Schiafino dan vuelta la historia y Uruguay desata la tristeza colectiva más grande que la historia del fútbol recuerde. Hay suicidios en las tribunas y condenas perpetuas para los futbolistas del scracht.

El Mundial alumbra nuevas estrellas pero se ha privado de muchas, la mayoría argentinas. Desde hace dos años que Alfredo Di Stéfano. Pipo Rossi, Fernando Bello, Julio Cozzi, Cuila Sastre, René Pontoni, entre otros ilustres y hasta completar una nómina de 57 futbolistas, se han ido a jugar a Colombia. Otro fueron a otros países hasta estirar la lista a 100. Entre los exiliados hay un nombre fundamental dentro y fuera de la cancha: Adolfo Pedernera. El cerebro de la Máquina de River había sido el abanderado de la sindicalización de los jugadores y uno de los constructores de la histórica huelga del '48 que tuvo en vilo al fútbol argentino durante 6 meses.

Cuando se disputó el Mundial de Brasil el presidente de la AFA era Valentín Suárez. Estaba identificado con Banfield . A él le atribuyen una argumentación débil en cuando a la ausencia argentina. Según algunas fuentes Suárez -que era peronista- responsabilizó a Juan Domingo Perón por no enviar una representación nacional al campeonato del '50. Los motivos son menos sólidos. Que Perón -sabedor de la imposibilidad de contar con los mejores jugadores que se habían alejado del país- tenía miedo de perder. Y que perder no figuraba en el ideario político -ni en el deportivo- del caudillo criollo que reinvindicaba a los perdedores de siempre.

Además, la histórica huelga de jugadores fue apoyada por el peronismo con su consabida política de empoderar a los sindicatos. Víctor Lupo, en su trabajo “Historia política del deporte argentino” lo narra con precisión. Al estallar el conflicto la AFA era conducida por el justicialista Oscar Nicolini, a quien secundaba el radical racinguista Daniel Piscicelli. Estando fuera del país Nicolini, Evita citó a Piscicelli a su despacho para que solucionara el problema con el gremio de jugadores que -nacido en el '44- tenía su primer problema de fuste. Cuando el dirigente entró al despacho de Eva ella lo esperaba con Adolfo Pedernera, el líder de la huelga.

Según palabras del propio Piscicelli citadas por Lupo, la abanderada de los humildes le dijo: “Piscicelli, hay que arreglar muchas cosas ahí en la AFA. Ahí en la casa de la calle Viamonte hay una cueva de antiperonistas y usted lo sabe muy bien”. Las cosas no se arreglaron, ni siquiera al regreso de Nicolini desde Europa y los jugadores terminaron por marcharse. Colombia resultó beneficiada por la medida. En Bogotá, en Cali, en Medellín y en otras ciudades, los más grandes futbolistas argentinos, y algunos de los más grandes de todos los tiempos, silenciosamente empezaron a plantar algunas semillas que luego germinarían en los nombres de los Valderrama, los Asprilla o los Rincón.

Sin embargo, conviene buscar las causas del faltazo argentino en el '50 un poco más atrás. Cuando se inició la disputa mundialista, la FIFA planteó una alternacia entre América y Europa que no iba a cumplir. En el '30 se disputó en Uruguay, ganaron los locales y Argentina, que ya era una potencia, obtuvo el segundo lugar. En el '34 la copa fue al viejo mundo y nuestra representación no llevó a los profesionales, de modo que apenas disputó un partido y volvió a casa, con futbolistas del interior que viajaron en barco. Pero en el '38 la FIFA debía devolverle la sede a América y no lo hizo, sino que se la otorgó a Francia. Argentina tenía la palabra que iría a ser la organizadora y se sintió defraudada, de modo que no asistió. Tras la interrupción por la Guerra, la copa volvió al cono sur... pero a Brasil. De ahí el enojo diplomático deportivo que derivó en una nueva deserción.

El enojo de proporciones no fue solamente con la FIFA, sino también con Brasil. En términos deportivos, Argentina tenía equipo como para ganar la Copa, inclusive sin sus principales jugadores. Había obtenido los sudamericanos desde el '45 al '47 ininterrumpidamente y le había ganado a la verdeamarelha con claridad incluso unos meses antes del mundial. Pero evidentemente en los escritorios la cosa era distinta. El peronismo llegó a romper relaciones diplomáticas con el gobierno de Gaspar Dutra y solo la reanudaría cuando accediera al poder el recordado Getulio Vargas, con quien el propio Perón tenía una relación afectiva más cercana.

En el mundial siguiente, en Suiza, Argentina, que seguía dominando el escenario sudamericano y que ya había dejado atrás el conflicto de los jugadores tampoco asistió. El fútbol nacional tenía ya nuevas figuras, de modo que hubiera sido imposible volver a atribuir el faltazo al miedo a perder que tenía Perón. El enojo del General todavía duraba. Para los contreras solo se trataba de julepe. Quizás por eso un año después se envalentonaron y le bombardearon la plaza. Pero eso es un capítulo que no tiene nada que ver con el fútbol.  

16 de junio de 2014

Posesión del balón o blá blá blá

Este artículo no será para hablar mal de la posesión del balón, sino para cuestionar a los que se pasan el tiempo -y el mundial- hablando de posesión del balón. Estos no poseen, sino que son posesos. O poseídos. Aclarado. Vamos.


Desde que la tecnología ha incorporado la posibilidad de medir la posesión del balón, cientos de academicistas del fútbol analizan los partidos desde un punto de partida tan dudoso como la medición misma. Pretenden que los merecimientos de un equipo u otro se deben exclusivamente a cuánto tiempo tuvo el balón y, como consecuencia de ello, cuánto no lo tuvo su rival. Está claro que tener la pelota es imprescindible para atacar y el mejor modo de defender. Pero no todo es cuestión de computadoras, aunque se enojen mis amigos fanáticos de la play.

Coincidimos en que hay que tener la pelota. Ahora, vale la pena discutir la calidad de la tenencia. ¿Es lo mismo disponer del balón en el propio campo que en el ajeno? ¿Es igual la posesión tirando al arco que sin tirar ni una sola vez? Desde luego que no. Hoy inclusive es factible medir cuántos kilómetros corre un jugador durante un partido. Claro que no hay computadora capaz de decirnos cuánto ha corrido ese muchacho siendo útil al equipo y cuánto ha corrido al pedo. El prejuicio nos dice que en general, suele pasar que el que más corre no siempre es el que mejor juega.


Ahora, volviendo a la posesión, a los posesos de la estadística y a los poseídos por la PC, vale compartir una anécdota. Cierta vez un conocido me convidó con una visita en su casa. Lo encontré en la calle. Andaba en un auto sencillo que no recuerdo. Acaso haya sido un Duna o algo así. Quedamos para otro día y cuando llegué a la cita, detrás de una cortina de lona que cubría un garage luminoso resplandecía un auto importado, de esos que uno solo había visto en las películas. Nada que ver con el usaba todos los días. Era descapotable, como los que usan los actores exitosos de las películas Clase B de los yanquis para pasear rubias operadas de los labios y las tetas.

No me gustan demasiado los autos. Igual le hice un cumplido pero mi desamor fierrero me impide recordar que coche era. Brillaba, eso seguro. ¿Un Audi? ¿Un BMW? Quizás. Lo que jamás pude olvidar es el argumento del poseedor del vehículo. “Nunca lo saqué a la calle. Nunca. Lo tengo para mí, porque me gusta coleccionarlos. Pero no lo saco jamás. Solo le prendo el motor cada tanto, porque gasta mucho. Y lo lustro -se notaba que sí, pensé- lo lustro todos los días”. No pude comprobar otros detalles porque enseguida me llevó a un jardín donde esperaban unos mates humeantes. Pero sí pude saber que estaba frente a un miserable.

¿A qué viene esto? Sencillo. Se puede ostentar la posesión de la pelota e igual ser un miserable, como este aprendiz de coleccionista. ¿Para qué poseerla? ¿Quién la posee y cómo? ¿Para donde la poseemos? ¿En qué sector del campo la poseemos mejor? ¿La poseemos sin saber qué es lo que haremos con ella? Tenerla sin disfrutar de ser profundos cuando el partido lo requiere, sin medir cuando va la pausa y cuando se asume el riesgo es onanismo futbolístico puro. 

Y un detalle. En este Mundial, como en todos, pero también en cualquier partido que se juegue en el barrio, no hay ninguna computadora que nos pueda decir cuando gambetear, cuando tirar; cuando acelerar, cuando frenar; cuando pasar, cuando dar pase; cuando girar, cuando parar; cuando retroceder, cuando adelantar. De eso se encargarán siempre los jugadores, que seguro no hablan de estadísticas de posesión en el vestuario. Si no creen, preguntenlé a Pirlo.

15 de junio de 2014

¿Qué te pasha, Argentina, estásh nerviosha?

Un gol en el comienzo del estreno mundialista supone ser a la medida del que lo marca. Para Argentina no fue así. Sufrió, rectificó a tiempo, ganó. Apenas eso, tanto como eso.


No nos gusta hablar de los entrenadores, pero los cambios que introdujo Sabella al equipo que venía siendo base y que él consolidó con dedicación y contra corrientes "tevezianas", nos obliga a hacerlo. Dudó Sabella. Y no está mal dudar. El tema es que dudó en un momento poco recomendable. Lo hizo en la antesala del debut en una Copa del Mundo. Y puede que las dudas se hayan contagiado hecho nervios. A favor, lo admitió y lo rectificó. Con esos ajustes a tiempo, chispazos de Messi y el oportuno primer pase de Gago, alcanzó para Bosnia. Claro que no alcanzará para mucho más y es ahí donde deberán acabar las dudas y tendrán que llegar las certezas.

Lo extraño de la tarde donde la crisis del país hizo que solo 50 mil argentinos pudieran copar Maracaná, fue que un gol de entrada (bendición en un estreno ecuménico) no sirvió para descomprimir. Bosnia ni pensó en tener la pelota. Pero Argentina la perdió sola porque los cinco defensores no tuvieron salida clara, además que -a excepción de Fernández- se mostraron siempre irresolutos y como si tuvieran demasiada responsabilidad sobre las espaldas. Además, Messi confinado a la soledad se mostró fastidioso y poco participativo. Di María, perjudicado por el esquema, no pudo aprovechar su velocidad para afuera. Lo único positivo es que enfrente estaba Bosnia...

En la segunda mitad Sabella corrigió y con un Gago fundamental, Messi liberado e Higuaín generando espacios y preocupación, llegó lo que debió ser la resolución del partido. Que al gol lo haya hecho Lio no fue menor. Que se le haya pasado el enojo una vez que estuvo bien rodeado tampoco. Que haya tenido más contacto con el balón, algo necesario. Después vino un rato de agonía, más propia -otra vez- de los nervios del estreno, que de las posibilidades reales del adversario de poder igualar.

Ahora vendrá el tiempo de la reflexión. Sabella es inteligente. Apenas terminó el partido admitió su error, ese que había corregido en el entretiempo. Sabe que este no es la ruta mejor. Pero debe pensar en la intimidad cual es el nivel de respuesta que puede encontrar con algunos jugadores, una vez que la copa progrese. La ventaja es que con lo que hay alcanza para pasar sin despeinarse la primera ronda. La duda es comprobar si los nervios son solo producto del debut o tienen que ver con que algunos futbolistas descubren sus limitaciones y no pueden convivir con ellas.

14 de junio de 2014

Argentina, otra vez en el camino del Mariscal Tito

Desde Yugoslavia, en el Mundial 90, pasando por Croacia, Serbia y Montenegro y ahora Bosnia y Herzegovina, nuestra selección jugó con casi todos los países balcánicos, tras las guerras que escindieron lo que para Broz era una sola comarca. 



Las montañas sanjuaninas quedan lejos de los montes balcanes. El obrero joven que -junto a otros miles de obreros- pica tesonero y fastidioso una roca por donde al final de la quimera la mano del hombre ganará para abrir un túnel, mira el suelo y habla poco. Es la década del 20 del siglo pasado y el obrero no tiene nombre. O no quiere decir como se llama. O se hace llamar de un modo que no es el que dice su documento, si es que tiene documentos. En el país gobierna Irigoyen y el estado está preocupado por algunas ideas anarquistas.

Dicen que el obrero joven se irá luego a Salta, donde se ha proyectado el Tren a las Nubes. Dicen que sus ojos profundos miran más allá de las montañas. De las sanjuaninas y de las balcánicas. También dirán que pronto conseguirá un trabajo menos duro en Berisso, cerca de La Plata. Que en los frigoríficos incipientes comenzará a sembrar la semilla del comunismo entre el resto de los obreros, muchos como él, llegados desde la Europa pobre y en guerra, discriminadora y expulsiva, ardiente y siempre mal repartidora de sus ganancias.

Dicen que este hombre que sabe más de lo que dice se llama en verdad Josip Broz y que nació en una aldea del imperio astro-húngaro en 1892, según sus biógrafos y para más datos un 7 de mayo. Dicen que allí trabajó hasta que lo reclutaron para ir a pelear. Dicen que se escapó de la primera Guerra Mundial y que en Argentina se hizo hincha de Estudiantes de La Plata porque los colores de ese equipo son los mismos de los del cuadro que él supo querer en la lejana Belgrado, el Crvena Zvezda (ver: misteriosdelaplata.blogspot.com).

Ahora es el Mundial de Italia de 1990. Sergio Goycochea se arroja a medio vuelo hacia la izquierda y pone los puños delante de su pecho. Es suficiente para que el remate de Savisevic rebote en sus manos y Argentina elimine a Yugoslavia en los cuartos de final. La leyenda de Goyco empieza a nacer desde los doce pasos. La leyenda de Josip Broz, a la postre el Mariscal Tito, ya había nacido hace muchos años y hacía una década que se había -presumiblemente- muerto tras mandar en esa tierra díscola, como un Perón balcánico que ofrecía una tercera posición a la Europa que se dividía entre nazis y soviéticos.

En Rivadavia, a unos pocos kilómetros de la capital de San Juan, cerca del autódromo “El Zonda”, hay un museo que está dentro mismo de una montaña. La cueva tiene más de 100 metros de largo y para Domingo, su sostenedor, aficionado a la ciencia, este “es el museo más raro del mundo”. Aquí se puden encontrar de un cráneo de dinosaurio, pasando por un puma embalsamado o una serpiente en formol. Para Domingo no hay dudas: uno de los que cavó para que la montaña se abriera sin gritar “sésamo” fue Josip Broz.

Ahora es el Mundial de Francia de 1998. Cuatro años antes, en Estados Unidos, no hubo selecciones balcánicas. 18 años después de la presunta muerte de Tito, su Yugoslavia se desintegró tras la caída del comunismo y las guerras que desgarraron la comarca parieron nuevas viejas naciones. Por eso Argentina se enfrentó con Croacia, que tenía los mejores jugadores de la Yugoslavia que supo ser. Stojkovic y Prosinecki, Suker y Boksic, entre otros, lo que le alcanzó para un histórico tercer puesto. También participó aquella vez la República Federal de Yugoslavia, sin suerte, casi como en la vida misma.

En España dicen que Tito no murió cuando dicen que murió. Como a toda leyenda, le guardan una muerte dudosa. Quienes abonan teorías conspirativas creen que el Mariscal perdió la vida durante el franquismo y que fue reemplazado por un agente ruso, al que los íntimos podían distinguir por eso de las tonadas o de cómo montaba a caballo. Absurdo como la guerra misma. También decían que había tenido un hijo que nunca apareció para reclamar el cuerpo de su padre y que se había casado a los 20 años con Marusa Novakova que, por supuesto, no lo acompañó por su derrotero en la Argentina.

Ahora es el Mundial de Japón y Corea 2002. Croacia vuelve a clasificar y los pibes que descollaron en la Copa del Mundo anterior se ponen viejos y no superar la segunda ronda, como la Argentina de Bielsa. Pero además, aparece una nación balcánica que tomará parte por primera vez de un campeonato ecuménico. Es Eslovenia, una cenicienta futbolera que tampoco puede mitigar el dolor de tanta destrucción con una sonrisa y acaba la copa al cabo de tres partidos, todos ellos perdidos con comodidad.

Para la Segunda Guerra Mundial, Tito estaba en Zagreb y -dicen, otra vez dicen- que se trasladó a Belgrado con pasaporte falso. Desde allí comandó el Ejército Popular de Liberación y Separación Partisana de Yugoslavia y, con un culto a la guerra de guerrillas, liberó buena parte del territorio. Los nazis querían el cadáver de Tito a cualquier precio pero él, dicen -siempre dicen- logró burlarlos atravesando territorios al comando de su tropa, ahora con pasaporte... alemán. Al finalizar la gran masacre Tito se dedicó a escarmentar a los que él creía que no habían actuado acorde a las circunstancias y organizar Yugoslavia. Claro que al modo de Tito.

Ahora es el Mundial de Alemania 2006. Croacia -ya más débil- no obstante se anota en una nueva competencia entre países. Serbia y Montenegro tampoco hará roncha pero tendrá su estreno mundial. El equipo de José Pekerman le da un baile de antologia y le golea 6 a 0. Hubieran podido tener a Savisevic -el que falló el último penal ante Goyco- o a Brnovic, que eran montenegrinos, pero ya estaban pasdos en años. A la nación flamante no le importó demasiado. Tener una prueba mundialista fue más que suficiente.

El 7 de marzo de 1945, quizás porque ese día Tito cumplía años, reunió a la plana mayor del ejército para conformar el gobierno provisional de la República Democrática Federal de Yugoslavia. El Mariscal se erigió en ministro provisiorio y dejó que Ivan Subasic, representante de la monarquía, tuviera lugar en esa suerte de Primera Junta. Hubo elecciones y Tito, al comando del Frente Popular, brazo del Partido Comunista de Yugoslavia, ganó las elecciones con tantos votos como jamás soñó cuando salió hace tanto tiempo desde su aldea astro-húngara, tal vez hacia la Argentina. Tal vez.

Ahora es el Mundial de 2010 en Sudáfrica. Serbia se ha separado recientemente de Montenegro y se ha quedado, entre otras cosas, con los mejores jugadores. Eso le alcanza para llegar a la cita máxima pero no para hacer una actuación digna. Queda afuera en la primera ronda. La misma suerte corre Eslovenia, con menos pretenciones. Como a la Yugoslavia toda sin Tito, en fútbol, la fragmentación no le ha llevado a tener buenos resultados. Al menos los eslovacos pueden decir presentes, entre tantas ausencias que le dejara la guerra reciente.

En 1978 Tito, ya envejecido, aceptó ir a Estados Unidos, algo que algunos años antes seguramente no hubiera hecho. Estaba viejo y enfermo. O muerto mucho antes para algunos. En el '79 fue internado en una clínica que ya no abandonaría hasta las 15.05 del 4 de mayo de 1980, cuando murió -esta vez sí murió- tres días antes de cumplir 88 años. Cuatro reyes, treinta y un presidentes, seis príncipies y veintidós ministros, de los dos lados de la Cortina de Hierro, fueron a despedirlo para siempre.

Ahora es el Mundial de Brasil 2014. En el camino de Tito está otra vez Argentina, que se enfrentará mañana con Bosnia y Herzegovina, otro pedacito de su patria dolorida. El equipo de Sabella es favorito pero no sabemos cual será la suerte. Tampoco el destino que le cabrá -no parece demasiado feliz- a la nueva nación que debuta en la Copa del Mundo. Apenas tenemos una certeza. Con Tito en vida, hubiera seguido siendo Yugoslavia y tendríamos que ir a los penales.



13 de junio de 2014

¿Fin de la España de charanga y pandereta?

España jaqueada, su estilo no. La preponderancia de los entrenadores. De Chile se esperaba más; de Camerún no se esperaba nada. 


España tiene a Iniesta, que es un hijo no reconocido de Bochini, aunque se le nota. Tiene a Xavi Hernández a Cesc y a Pedro. O sea, tiene lo suficiente para que estas palabras que siguen puedan hacernos abdicar como al Rey. Pero uno cuenta lo que ve y no lo que irá a ver. Y da la sensación que la generación que tuvo el coraje para acabar con la furia y el fútbol para lograrlo, puede estar más cerca del ocaso, por cuestiones de DNI y de motivaciones. 
Aunque así fuere -y el Mundial se encargará de probarlo o no- España no debe rendirle cuentas a nadie. Hoy, apenas hoy, se defendió mal, sobre todo con sus centrales, atacó sin ser profundo a menos que la tuviera Iniesta y no tuvo ánimo cuando se encontró en desventaja. No obstante, quizás no hay cuatro o cinco goles de diferencia ni entre el peor y el mejor equipo del Mundial, de modo que sucedió un hecho extraordinario.
Pero eso sí, para que sucedan estos acontecimientos debe haber jugadores extraordinarios también, como Van Persie o Robben y no me dejen afuera a Blind. Holanda bailó a España aun con Sneijder fuera de su mejor versión. 

Es bien común por estos tiempos hablar más de los entrenadores que de los jugadores. Se dirá con ligereza que Van Gaal le ganó a Del Bosque. Será injusto. Pero si quieren que hablemos de entrenadores, les propongo redoblar la apuesta: hablemos de ideologías. Antes, una salvedad; Van Gaal no jugó como decían que iría a jugar. No puso cinco defensores sino que colocó tres zagueros, cuatro mediocampistas, un armador y dos delanteros. ¿O no fue Blind, falso defensor, el que consiguió la llave para abrir el arco de Casillas con sus centros certeros?

Ahora sí, las ideas. Achique, zona, barrido, presión, rombo, toque, orden, espectáculo, talento y ambición para soñar. Son las diez máximas de la religión Menottista. Menotti no las inventó, sino que las ejercitó y las divulgó. La Holanda de Michels y la España de Del Bosque, así como el Barsa de Pep la llevaron a la práctica y fueron eficaces. Es el fútbol en estado natural. Van Gaal, aun cuando le pone algunos agroquímicos a los tulipanes, tampoco olvida la esencia. Pero claro, alguno tiene que ganar. Tan viejo como el fútbol. Ante lo irremediable de que la victoria no es eterna, hay algo que sí se puede perpetuar: no traicionarse. Por eso, decía, España no le debe ni le deberá nada a nadie. 

Antes hubo un México y un Camerún que alcanzaría con dos renglones o una humorada para contar: alguien escribió en las redes sociales que los africanos necesitan un Pumpido enfrente para poder ganar, con cierto rencor por la responsabilidad del arquero argentino en el Mundial 90. Puede que necesite un Pumpido, un Fabbri y un Monzón enfrente. Igual, más que hablar de Camerún, el partido habló de México, que tiene poco y seguro pronto lo pagará, muy a pesar de los que no podamos seguir admirando a Giovani Dos Santos.

Después hubo un Chile y un Australia donde el cuadro de Sanpaoli ganó y nada más. Debía alcanzarle con un poco de Alexis y de Vidal pero Arturo no estaba pleno y el del Barsa quedó sin socios. Ganaron los trasandinos pero quizás España -me sigue dando vueltas España por la cabeza- se ha dormido algo más tranquila viendo jugar a quienes serán sus adversarios. Y, a propósito, maestro Machado, le pregunto, ¿volverá la España de espíritu burlón y alma inquieta o será que ha de tener su mármol y su día...? Conteste usted o Iniesta. 



12 de junio de 2014

Inseguridad en Brasil: robaron a Croacia



Hay un nombre impronunciable -¿cómo se dirá en croata?- que retumbará debajo de las tribunas del estadio inconcluso donde arrancó el Mundial: Yuichi Nishimura. Es el árbitro japonés que cedió la victoria a Brasil con un penal inexistente. 
Puede que los organizadores se las rebuscaran para ganar sin ayuda aún cuando no le hubieran cobrado esa falta. Pero lo cierto es que en el momento en que se produjo no estaba jugando bien. Y es aquí donde vale la pena detenerse: Brasil no ha jugado bien.

Cuando se deje de pensar el partido en japonés y se haga la valoración futbolística, veremos que el equipo organizador es vulnerable. Acaso este sea el saldo más importante. El equipo de Felipao, aún cuando seguro irá creciendo, no asusta. Sufre para defender y comete un error táctico fácil de notar: envía al ataque a sus dos laterales, lo que no es un pecado, pero el tema es que los manda a la vez, provocando que el volante central tenga que ocupar mucho campo hacia los costados y quede descompensado. Quizás la cosa quede aquí, por eso de los nervios del debut, pero con otros lo pagará caro.


¿Atributos? Por supuesto que los tiene. Neymar, más allá de los goles, asumió el compromiso de conducir. Lo esperaban como puntero izquierdo y terminó casi como un enganche, tirándose atrás y armando juego. Además, a sus 22 años, asumió que emocionalmente puede hacerse cargo del equipo. No es poco. Además, halló un socio en el que Scolari -viejo zorro- no en vano confió: Oscar. Con eso le alcanzó. Pero le alcanzó contra Croacia y deberá mejorar mucho para que le alcance con los candidatos de siempre.



En cuanto a los balcánicos, nunca hay que subestimarlos. Tienen enjundia de latinos y, por idiosincracia y supervivencia, saben afrontar las adversidades y no darse por vencidos. Además, tiene a uno de los jugadores más inteligentes de la actualidad que es Luka Modric. Quizás sea suficiente para soñar con avanzar a la segunda rueda y honrar a la generación de Prosenecki. Por lo visto hoy, será justo que reciban un resarcimiento, no en yenes, sino en goles.