2 de julio de 2014

Bélgica y su jugador más jugado

La historia de Jean-Marc Bosman, aquel belga que puso contra las cuerdas a todo el sistema del fútbol europeo, ha caído injustamente en el olvido. Aquí, vamos al rescate, para que la recuerdan los canosos y la conozca el piberío.  


Esas manos que tuvieron tomados del cuello a los dirigentes burócratas, las mismas que manejaron un Porsche o recorrieron siluetas de mujeres bellas, ahora empuñan copas cargadas de un alcohol berreta que suele atemperar una condena perpetua: la de haberse alzado contra la poderosa UEFA y haber puesto del revés a todo el fútbol europeo. Son las manos de Jean-Marc Bosman, el futbolista belga que resignó su carrera profesional a cambio de los derechos de sus colegas de todo el viejo continente.

Era 1990 y a sus 25 años, Jean-Marc jugaba en la primera división del Real Fútbol Club de Lieja. Hacía poco que el mundo ya no era el mismo. Había caído el muro de Berlín y la muerte de las ideologías, con apologistas como Fukuyama y teóricos pagados por las principales escuelas norteamericanas del pensamiento neoliberal, se sembraban por todo el planeta. Nacía una presunta nueva Europa que se propagandizaba como sin fronteras para todos menos algunos. Entre esos algunos estaban los futbolistas profesionales.

Bosman jugaba como volante ofensivo. Para los “diablos rojos”, tal como llaman al club de Lieja, era una promesa que no había concretado todo lo que se esperaba de él a la hora de la consolidación. Había sido una referencia en inferiores y hasta había integrado algunas selecciones nacionales en categorías menores. Cuando quiso renovar su contrato le negaron lo que pretendía ganar. Entonces decidió emigrar y logró un acuerdo con un club menor del fútbol francés: la Unión Sportive Dunkerque.

Lo que en principio sería una posibilidad de crecimiento profesional y económico para Jean-Marc se frustró en los escritorios. Los dirigentes de los clubes no acordaron el pase y, como se dice de este lado del océano, lo colgaron. Entonces el jugador presentó una demanda contra el RC Lieja, contra la Federación Belga de Fútbol y contra la mismísima UEFA, aduciendo que las normas de esas instituciones le habían impedido trabajar en otro país, algo que contrariaba cualquier ley por encima de las del fútbol.

El jugador debió esperar cinco años para que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, desde Luxemburo, le diera la razón. Los togados declararon ilegales las indemnizaciones por traspaso de futbolistas y los cupos de extranjeros para jugadores nacionales de estados miembros de la Unión Europea. Contrariamente a lo que podía suponerse, ese 15 de diciembre de 1995 se decretó el ocaso de la carrera del jugador que ya no volvería a ser contratado por ningún club, no solo de Bélgica, sino de todo el viejo continente.

El fútbol europeo cambió para siempre y la vida de Bosman también. Los equipos se convirtieron en verdaderas Torres de Babel y en los países emergentes, muchos obtuvieron la doble ciudadanía para poder jugar en la meca llamada Europa. Pero corporativamente no hubo ningún Sargento Cruz para ese Martín Fierro que debió dejar su carrera, se deprimió, se recluyó y perdió todo el dinero que había obtenido en los 6 años en los que pudo desempeñarse como un futbolista profesional, bajo las reglas del sistema.

Bosman se ganaba la vida en equipos de aficionados donde ya no le pagaban en moneda belga sino en la nueva moneda que quería dominar el mundo: el euro. Claro que los 400 o 500 que ganaba no le alcanzaban y tuvo que vender todo lo que tenía. También rompió su matrimonio y cayó en el alcoholismo, además de haber sido denunciado por ejercer violencia de género. Ahora mismo, si quiere dar una entrevista tiene que pedir autorización a la justicia y estuvo a punto se ser encarcelado tras la denuncia de su ex esposa.

Jean-Marc ha trabajado como bombero y como canchero de un estadio comunal. Un sindicato de jugadores está pensando en un encuentro a beneficio para ayudarlo, mientras sobrevive de la asistencia del estado. Mientras tanto, la selección de Bélgica, con la que Argentina jugará la chance de ir a semifinales el sábado, está integrada en buena parte por jugadores extranjeros que pudieron llegar a desarrollarse en ese país, gracias a que hace 24 años este señor pateó el hormiguero de la UEFA para que, en el mismo momento en que se alumbraba su ruina, el mundo conociera una nueva regla que lleva su nombre: la ley Bosman.

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