18 de junio de 2014

Lo que el Zabeca le dijo a Camus

Ayer jugó Argelia, que a juzgar por lo que tiene no va llegar lejos en el Mundial. Aquí le dejamos un tributo a uno de sus mejores hombres, para mitigar tan poca capacidad de juego.



Esta que te voy a contar no me la vas a poder creer. En Italia fue. Te lo juro. Mundial del '34. Cómo pasa el tiempo, la puta madre. El Zabeca y yo estábamos. Y dos porteños y un tucumano que la movían más o menos. Pero el Zabeca y yo habíamos ido juntos. Mochileros a Europa, esas cosas de los 25 años. Y a ver el Mundial, claro. En barco fuimos. El mismo barco en el que viajaron los jugadores argentinos. Avión en esa época era palabra mayor. Capaz que si iban los profesionales, algún vuelo conseguían. Nomás que viajaron todos muchachos del interior, solo para cumplir. Igual, ahí había cada nene. Estaban Wilde, Galateo y Astudillo, nada menos. Eran pibes de la edad nuestra. Hacían chistes de marineros y esas boludeces. Que los iban a agarrar de cocineros, que no fueran solos a la bodega. Tres semanas duró el viaje para jugar un solo partido y chau. Por eso con el Zabeca nos quedamos. Ya que los suecos nos pegaron un paseo nosotros nos quedamos a pasear por Italia. El Zabeca hablaba como el orto el italiano. El español también. Así que imagináte el italiano. Y yo nada. Ni una palabra. “Piazza San Marco”, leía en los cartelitos. Y yo pensaba que era una pizzería. “Duomo de Florencia”, me decían. Y yo pensaba que era un mina que tenía un lomazo. En mi barrio nos habían dicho que íbamos a entender por fonética. Las pelotas. El Zabeca separaba en sílabas las palabras y levantaba la voz. Pedía un cortado y decía “un-cor-ta-do-por-fa-vor”. Además exageraba la gesticulación dejando la sensación de que la boca se le podía salir en cualquier momento. Con un poco de suerte, a veces arrancaba una sonrisa. Los tanos son calentones. La mayoría de las veces pensaban que los estaba cargando y le decían -esto sí se entendía clarito- “¡figlio di puttana!”. “Es una barrera tremenda la lengua”, se sinceraba el Zabeca cuando la noche y la cerveza le ponían la cabeza en el origen.
Ahora, ¿no me digas que el fútbol no es un idioma universal? Cuatro horas caminamos con el Zabeca sin que nadie nos dirigiera la palabra. Ni los vendedores ambulantes nos daban la hora. Nos veían con pinta de secos o no se querían gastar en comprendernos. Le tiramos monedas a la Fontana di Trevi y nos colamos en el Coliseo. Que se yo. La costumbre. Siempre nos colábamos en la cancha, mirá si no nos íbamos a colar ahí, donde no se jugaban más partidos con leones. “Si nos preguntan algo vos hacéte el boludo como si no entendés”, me dijo el Zabeca. No necesitaba hacerme el boludo. No entendía. Después caminamos más allá, hacia el trastébere. Cruzamos el hilo de agua por un puente donde se notaba claramente la mano romana hasta meternos en andurriales que se emparentaban un poco con los nuestros. Ahí fue que encontramos a los dos porteños y al tucumano. No me vas a creer. Seguro que no me vas a creer. Llevábamos bolsos de mano de tela de carpa. El cielo estaba amenazante y cuando se mojaban pesaban el doble. Cargábamos con el cansancio del día y el fastidio de la eliminación del mundial. Uno le pidió un cigarrillo al Zabeca. “Un pucho”, le dijo. Argentinos. Nadie más que nosotros dice “un pucho”. Teníamos tanta necesidad de comunicarnos que empezamos a charlar cualquier pelotudez. Fantaseábamos con que las tanas nos miraban. Pateábamos tapitas. Pocas tapitas. Porque ahí nadie tira nada al piso, como dice mi tía. Los porteños y el tucumano también estaban gitaneando el viejo mundo. Se lo querían comer, como nosotros. Bordeamos un lago que tenía una fuente artificial y el tucumano los vio primero. Había cinco tipos como nosotros jugando un picado. Te dije que no me ibas a creer. Un picado como los nuestros pero en una plaza de Roma. Estaban vestidos casi ridículamente, con pilcha de universitarios. Nos miramos y no hizo falta que dijéramos nada. Se armó un desafío. Los europeos eran como uno de esos equipos que llamaban “Resto del Mundo”. Había de varias nacionalidades, algunas un poco imprecisas. Pero lo que es seguro es que el arquero hablaba en francés. El Zabeca armó el arco nuestro. Con un bolso hizo un palo y con un jumper que nunca usó porque hacía calor hizo el otro. Midió a ojo y trató de que fuera más chico que el que había armado el franchute, con dos pilas de libros, a unos 30 metros del otro lado. Cagate de risa pero el tipo hizo el arco con dos pilas de libros. Nosotros estábamos acostumbrados a jugar en la calle, en el empredrado, de modo que el césped que había nos parecía suficiente. El parque no tenía árboles en el medio, como el que teníamos cerca de mi casa. El tucumano fue al arco y yo me planté atrás. Los dos porteños fueron al medio y el Zabeca, que jugaba bien, se paró arriba. No sé si para impresionarlos o por la costumbre, el Zabeca se quedó en patas. Así y todo, no habrán ido dos minutos cuando bajó a buscarla unos metros, se sacó de encima un grandote con aspecto de alemán y le clavó un bombazo que desparramó los libros del palo derecho y, ya hecho gol, cayó al lago que había detrás del arco. El Zabeca les gritó el gol en la cara con cierta desmesura para lo que era un amistoso en un parque de Roma. El franchute frunció el ceño y dejó entrever cierta molestia. Tenía la frente despejada y se le pronunciaron unas grietas de tipo de más edad que la que aparentaba. Bajó la mirada y no dijo nada, pero quedó caliente. Después nos metieron dos pepas pero las aguas no estaban calmas. A la jugada siguiente el Zabeca le echó tierra en los ojos al franchute cuando salió a buscar un centro y se pudrió todo. El tipo dejó la pose mansa y, de callado nomás, le metió un cabezazo en la pera al Zabeca, que no llegó a explicarle que en Argentina eso valía, que así había sido la jugada previa al gol de Onzari, que dio nacimiento al gol Olímpico. Los demás intentamos separar pero ya era tarde. “¡Tregua civil!” decía el golero con ínfulas de boxeador, pero seguía tirando trompadas. El Zabeca se repuso y alcanzó a meter una mano discreta. “Te voy a dar el derecho y el revés”, insistía enajenado el franchute. No había manera. “Sos una peste”, replicó el guardameta. “¿Y vos? ¡Porcona!”, le hundió la daga el Zabeca que algún insulto en italiano manejaba. Hasta que por ahí uno del equipo de ellos que quería seguir el partido lo agarró del cogote al francés al tiempo que le gritaba “Albert, anarquista de mierda te voy a hacer pelota sino nos dejás seguir jugando”. Pero el franchute no se amilanó y le retrucó “Vos Sartre te podés ir bien a la concha de tu madre”. Entonces ahí el Zabeca se dio cuenta con qué rivales estábamos pateando. Porque el Zabeca no habrá terminado quinto pero es muy lector. El Zabeca no tuvo suerte pero es autodidácta. Por eso agarró la pelota, se corrió levemente a un costado y mirándolo a Camus, el arquero, le soltó una frase que quizás marcó a fuego su obra posterior vinculada a la conciencia del absurdo: - ¡Argelino sometidoooo! -lo laceró el Zabeca con toda su sabiduría de la calle. Después no recuerdo demasiado, porque llegaron los carabinieris y empezaron a repartir zurrazos por todos lados. Y ojo que no eran cualquier carabinieris. Eran los de Mussolini, que se habían contagiado los malos modos de su jefe, así que la ligamos, como se dice acá, por el campeonato del mundo. Lo único que me quedó en claro es que, por más voluntad que uno le ponga, suele ser bastante difícil comunicarse en el extranjero.




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