27 de junio de 2014

Los yanquis vienen marchando

Aunque hiera nuestro sentimiento anti-imperalista, el progreso del fútbol de Estados Unidos ya es una realidad mundialista. Aquí, unas puntas para saber como se produjo un hecho no casual, que lejos está de ser un fallo arbitrario del juez Griesa.



Cerca de Flashing Meadow, en la inabarcable Queens, veintidós esforzados futbolistas aficionados dan vida a un picado parecido a los nuestros. Las tribunas del complejo deportivo donde en dos meses comenzará una nueva edición del US Open hacen de visera y dejan una sombra piadosa sobre el césped prolijo donde el partido no cesa. Es calor de verano. Mientras en Europa se juega la Copa del Mundo de Francia 1998, en Nueva York se habla del tenis que vendrá. Además, un poco más allá planean construir un estadio para 42.000 espectadores para que jueguen los “Mets”, uno de los equipos populares de béisbol.

Pese a que Estados Unidos ha organizado una Copa del Mundo cuatro años antes, no parece sencillo que “los americanos” se enamoren del fútbol. Resultadistas de fuste, los números que llegan desde Francia no son alentadores. Tres jugados, tres perdidos. Con Alemania, con Yugoslavia y, con un enemigo de los que a menudo “ataca América”: Irán. Hasta este Mundial brasileño, los yanquis han participado en nueve. La cifra no es para despreciar si se la compara con la perfomance de otros países futbolísticamente emergentes, pero no resulta atractiva para quienes han nacido solo para ganar.

En el partidito del parque, con un césped que muchos estadios sudamericanos envidiarían, están en el descanso. Los protagonistas hablan en distintos idiomas. La mayoría en español. Son -mayormente- inmigrantes bolivianos y colombianos. También hay europeos de los países del este. Coinciden en que no tienen prejuicios en jugar con los neoyorquinos pero que son los neoyorquinos los que no quieren jugar al fútbol. La generación de Alexis Lalas, el vikingo de la selección nacional, no ha sido suficiente para inocular el virus del fútbol. Las estrellas mundiales en la Liga son un negocio lejano y las modificaciones reglamentarias para sumar más goles desvirtúan la cosa.

De todas maneras, hay quienes no se inmutan y confían en que el trabajo subterráneo dará sus frutos más temprano que tarde. El país que arrodilla al mundo toda vez que se le antoja, el que te indica que tenés que comer, donde tenés que dormir, cómo tenés que vestirte, qué tenés que leer y cúanto de televisión tenés que mirar por día, ¿cómo no va a poder instalar la idea de que jugar al fútbol está bueno y que -sobretodo- te puede hacer ganar mucho dinero? En esta línea de pensamiento entran, por ejemplo, los que llevan adelante desde el año '79 el Programa de Desarrollo Olímpico para el Fútbol Juvenil en los Estados Unidos.

Cuando el equipo norteamericano de fútbol se presentó en los Juegos de Pekín de 2008 donde Argentina se quedó con el título, apenas uno de los 18 jugadores no era hijo de ese programa de reclutamiento de talentos que estaba cerca de cumplir 30 años y que para muchos, inclusive norteamericanos, es desconocido. Pero justamente estas tres décadas, que para algunos son virtud, son vistas por otros como un déficit. Por eso también, desde 2007, se creó un Sistema de Desarrollo Académico que incluye 80 clubes de todo el país y que tiende a la captación de talentos que puedan nutrir al equipo que ahora dirige el alemán Jurgen Klinsmann.

Sin embargo, contrariamente a lo que se pudiera suponer en un país que tiene 315 millones de habitantes, la posibilidad para detectar y potenciar talentos futbolísticos no es sencilla. En términos sarmientinos, “el mal es la extensión”. Sucede que entre tantos habitantes y ante una geografía tan vasta, los recursos para lograr el objetivo nunca alcanzan y la impaciencia, tan capitalista, suele ganarse entre los que le enrostran a la inversión haber fracasado sistemáticamente en las competencias de juveniles, olímpiadas y torneos de mayor, con asiduidad y sin que las peran maduren

Las dificultades que el fútbol quiere torcer tampoco están exentas de prejuicios. Sino, vale preguntarle a Jack Kemp. Ex pre candidato a la presidencia por el Partido Republicano, el hombre se despachó a gusto:“se debe hacer una distinción entre el football americano, que es democrático y capitalista, mientras que el fútbol es un deporte europeo y socialista.” Franklin Foer, autor del libro “Cómo explica el fútbol el mundo: una extraña teoría de la globalización”, además de desnudar a Kemp también afirma pragmático en una de sus páginas: “El fútbol es uno de los grandes negocios del mundo. Los jugadores se compran y se venden a precios tremendos; los derechos de televisión para transmitir los partidos cuestan miles de millones de dólares; todas las grandes marcas mundiales quieren agregar su nombre a este fenómeno. Esto, desde cierto punto de vista, es una oportunidad que Estados Unidos debe aprovechar con ambición”.

Quizás cuando Kemps empiece a observar algunos números, empiece a pensar diferente. Según una estadística que cita el diario chileno La Tercera, “Fanatics,com” -la minorista de merchandainsing que más vende en el mundo- ha vendido más ropa de fútbol en Estados Unidos en los primeos días de la Copa del Mundo 2014 que durante todo el torneo de 2010. También sucedió que en el partido ante Ghana, donde los yanquis convirtieron el gol más rápido en la historia de los mundiales, la cadena ESPN subió el rating tanto que a poco estuvo de igualar el que en enero había alcanzado la definición del fútbol americano universitario, en enero.

Así, entre tanto enemigo interno, conviene recordar que los resultados, no siempre amigos de la realidad, nos demuestran que en verdad, Estados Unidos no para de progresar. Comprende mejor el juego, se planta de igual a igual contra equipos a los que antes no hubiera podido enfrentar ni con marines y tiene algunos valores -veteranos y no tanto- que se las traen: el moreno Timothy Chandler, el pelado Michael Bradley y el mejor: Clint Dempsey. Quizás ellos sin saberlo sean el producto de los que empezaron a pensar en fútbol hace ya 40 años, lejos de las luces del Cosmos de Pelé. Por ahora les alcanza por hacer crecer el interés por el juego por los parques de Flushing Meadow, donde ahora también juegan pibes neoyorquinos. Enamorarse será para después, cuando empiecen a ganar. Aunque uno no quisiera estar para verlo.







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